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Fuente: "Diccionario abreviado de pastoral" (extractos), Casiano Floristán y Juan José Tamayo. Edit. Verbo Divino




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Con el Vaticano II ha cobrado nueva conciencia en la iglesia la importancia del concilio como expresión de una eclesiología de comunión. La sinodalidad de la iglesia y la larga tradición de concilios particulares, nacionales y ecuménicos parecía haber llegado a su fin tras la promulgación de la infalibilidad papal. Pero los concilios no son sólo reuniones de obispos en lo que se definen dogmas, sino que representan la colegialidad y corresponsabilidad de todos los obispos en la iglesia universal, así como la interrelación de todas las iglesias. El concilio ecuménico congrega a toda la iglesia y usualmente es convocado por el Papa, aunque basta con que éste lo asuma y acepte sus decisiones con toda la iglesia universal para que sea ecuménico. Para la tradición de la iglesia ortodoxa sólo hay siete grandes concilios ecuménicos, que son los del primer milenio antes de la división. Los otros concilios que los católicos llamamos ecuménicos (incluido el Vaticano II) serían sólo sínodos generales de la iglesia latina o de occidente, que expresan una iglesia dividida. Actualmente entre los católicos crece el deseo de un concilio ecuménico que reúna a todas las iglesias cristianas.
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La conferencia episcopal, nueva figura creada por el Código, es una institución permanente formada por la asamblea de todos los obispos de una nación o territorio determinado, los cuales ejercen unidos algunas funciones pastorales, para promover el mayor bien que la iglesia ofrece a los hombres, principalmente mediante formas de apostolado, convenientemente acomodadas a las diversas circunstancias de tiempo y lugar. La conferencia episcopal es, generalmente, de ámbito nacional, aunque la Santa Sede, oídos los obispos diocesanos interesados, puede erigir una conferencia de ámbito mayor o menor.
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La confirmación es el segundo sacramento de la iniciación cristiana, que se confiere por la unción del crisma en la frente hecha por la imposición de la mano, acompañada de las palabras prescritas en los libros litúrgicos, las cuales, en el rito romano, después de la reforma del concilio Vaticano II, son: "Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo". La confirmación imprime carácter, no es reiterable y sus efectos principales consisten en un enriquecimiento del don del Espíritu Santo y una vinculación más perfecta con la iglesia, de modo que el bautizado-confirmado queda destinado a ser testigo de Cristo y a difundir y defender la fe.

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Ateniéndose con rigor a la nueva terminología del Código, el término congregación queda exclusivamente reservado a las "congregaciones monásticas ", tanto masculinas como femeninas. Se explica, en parte, esta exclusividad significativa, porque, ya desde hacía mucho tiempo, los monjes insistían en no quedar sometidos al derecho común del Código. Este deseo contribuyó eficazmente a la nueva concepción tipológica del mismo, en la que el criterio principal de distinción, y como la diferencia específica de los institutos, es el carisma peculiar de cada uno, favoreciéndose así el derecho particular y una enriquecedora autonomía.

La congregación monástica es un verdadero instituto religioso, en sentido genérico, cuyos miembros, según las tradiciones propias de cada instituto, mediante la conversión de las costumbres, llevan una vida cenobítica, en la obra de Dios y en el trabajo, consagrados a la búsqueda de sólo Dios y de su reino, por medio de la contemplación de las cosas divinas y la caridad fraterna.

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En su acepción litúrgica, consagración es la destinación exclusiva de personas, lugares o cosas al culto divino, con lo que tales personas, lugares o cosas se convierten en sagradas. El acto de consagración puede adoptar diversas modalidades, pero siempre contiene un elemento de separación del uso profano y otro de dedicación a la esfera de lo sagrado.
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El consejo diocesano de pastoral surgió de las decisiones contenidas en el decreto conciliar Christus Dominus y en el "motu proprio" Ecclesiae sanctae. El episcopado español dio unas "normas orientadoras" en 1966. se sitúa este consejo en el interior de la curia diocesana, con la finalidad de "estudiar todo lo referente al trabajo pastoral, sopesarlo y sacar las conclusiones prácticas, con objeto de promover la conformidad de la vida y actos del pueblo de Dios con el evangelio.

A diferencia del consejo presbiteral, que es "preceptivo" o imperado, el de pastoral es "recomendado", aunque con todo encarecimiento. También se diferencian estos dos consejos en su "justificación teológica", ya que el de pastoral se fundamenta en la unidad del pueblo de Dios en virtud del bautismo, mientras que el presbiteral se basa en la unidad de ordenación de los presbíteros por el sacramento de orden. Asimismo, es distinto el "fin" de estos consejos. El consejo presbiteral ayuda al obispo, mediante sus consejos, en el gobierno de la diócesis; el consejo pastoral es un organismo técnico-consultivo, cuya actividad se limita al trabajo pastoral, con exclusión de su participación en el gobierno de la diócesis. Finalmente, tienen una "estructura", diferente, al ser más unitario el presbiteral y más variado en su organización el de pastoral

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El consejo parroquial es un grupo de feligreses, elegidos en representación de la comunidad parroquial para ayudar al párroco, como corresponsables, en el ministerio pastoral. De ordinario son militantes (entre 10 y 25) que se reúnen periódicamente para analizar los asuntos de la parroquia, fomentar la participación de todos los feligreses y llevar a cabo, en la práctica, el proyecto pastoral. Es un órgano permanente, representativo, consultivo, de estudio y de ayuda al párroco y a la comunidad. Sus funciones principales residen en conocer la realidad a evangelizar, programar la acción pastoral y revisar lo programado y realizado.
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La constitución y funcionalidad del consejo presbiteral aparece en los decretos conciliares Christus Dominus, Presbyterorum ordinis y en el motu proprio Ecclesiae sanctae. El Concilio decide que "se constituya, de manera acomodada a las circunstancias y necesidades actuales, en la forma y norma que determine el derecho, una junta o senado de sacerdotes que representen al colegio presbiteral, cuyo fin sea ayudar eficazmente con sus consejos al obispo en el gobierno de la diócesis". Con esta decisión, el Concilio restauró una institución de la iglesia primitiva, en la cual los presbíteros formaban un colegio, a modo de senado, para ayudar al obispo, primer responsable del ministerio diocesano. La necesidad del consejo presbiteral es obvia en nuestra situación actual, ya que en toda diócesis es necesario un grupo restringido de presbíteros, en representación de todo el clero, que colabore con el obispo en el "régimen de la diócesis", mediante un coloquio y diálogo en común. Así se evitan excesivos personalismos, del obispo o del vicario.
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He aquí una palabra que pertenece al vocabulario cristiano y que es difícil encontrar en otro contexto diverso. El lenguaje cristiano tendrá que estudiar hasta qué punto es positivo mantener estas peculiaridades lingüísticas. Porque la conversión, en cuanto realidad, es también realidad humana.

La referencia más universal para indicar la conversión es el cambio. Convertirse es cambiar, ser distinto y actuar de manera diversa. La tonalidad de este cambio depende del adjetivo que se le ponga.

La conversión implica siempre como primer paso el conocimiento de la realidad a convertir. Podemos decir que implica el conocimiento personal. Y el conocimiento personal comprende el dominio del entramado complejísimo de los mecanismos de la persona. Hay muy pocos que se conozcan a sí mismos, con lo que la conversión queda ya imposibilitada.

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El Credo es un texto que permite a los cristianos agruparse como comunidad creyente. Expresa una experiencia de fe, singular y a la vez individual, en una fórmula común cuyo efecto es la confesión eclesial en el misterio de Dios, revelado por Jesucristo en el Espíritu Santo. El Credo es un texto escrito en primera persona del singular. Pero esta primera persona del singular presupone una comunidad o, mejor, tiene siempre una dimensión social, como lo atestiguan las expresiones "nuestro Señor", "Santa iglesia católica", "comunión de los santos". Este contexto supone el paso de un sujeto singular a un sujeto creyente. Pero este sujeto no vive independientemente de la sociedad en la cual aprende a recitar el Credo. Así, en nuestro texto lo individual y lo social están inseparablemente vinculados.

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