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Glosario de encuentra.com

Fuente: "Diccionario abreviado de pastoral" (extractos), Casiano Floristán y Juan José Tamayo. Edit. Verbo Divino



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La eclesiología es la parte de la teología sistemática que reflexiona sobre la iglesia. Tradicionalmente, era un tratado que se encontraba dividido entre la teología fundamental o apologética, destinado a probar el origen divino de la iglesia y las notas constitutivas de su autenticidad, y la teología dogmática, que recogía las proposiciones fundamentales sobre la iglesia, presentaba su esencia y la relacionaba con los otros tratados dogmáticos (cristología, pneumatología, revelación, etc.). Actualmente se tiende a un único tratado de eclesiología que recoja todos estos aspectos y presente una visión sistemática de conjunto.
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El ecumenismo designa los esfuerzos de las iglesias cristianas por restaurar la unidad perdida, tanto en el nivel doctrinal como en la praxis eclesial. En cuanto a movimiento, surge en el siglo XX a partir de las iglesias y confesiones protestantes que en 1938 forman el Consejo Ecuménico de las iglesias. En 1948 se tiene la primera asamblea del Consejo con la asistencia de 150 iglesias y confesiones cristianas y la notable ausencia de las iglesias ortodoxa y católica. Los católicos tenían muy limitada la participación en el movimiento ecuménico por una comprensión negativa del ecumenismo. Había el peligro de un reconocimiento explícito o implícito del carácter eclesial de las otras confesiones. Se mantenía la tesis de que la iglesia católica era la única iglesia verdadera y que fuera de ella no había la iglesia de Cristo, sino, a lo más, fragmentos eclesiales. Por tanto, se exigía el retorno de los herejes a la única iglesia (la Católica) y se desconfiaba de los teólogos católicos más ecumenistas, en su mayoría franceses y alemanes.

Una nueva época comienza con Juan XXIII y la creación de un Secretariado para la Unión de los Cristianos (1960), así como del decreto de ecumenismo del Vaticano II y el reconocimiento de las iglesias orientales como auténticas y el de las confesiones protestantes como "comunidades eclesiales". Además el Concilio modifica la equiparación entre iglesia de Cristo y la Católica y prefiere hablar de que la primera "subsiste" en la segunda, con lo que se deja un margen a los diversos grados de eclesialidad de las confesiones cristianas, y por tanto a una pluralidad de vínculos de comunión entre ellas. El reconocimiento de auténticos sacramentos y ministerios fuera de la iglesia católica permite un replanteamiento del ecumenismo.

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La expresión ejercicios espirituales (EE) ha asumido una densidad particular en la historia de la espiritualidad cristiana, de manera que merece ser considerada aparte de otros ejercicios más o menos espirituales o piadosos presentes en esa misma historia.

Reflexionar y rezar, junto a ciertos actos penitenciales, en ambiente de silencio, se ha considerado como ejercicios espirituales. Y han estado presentes a lo largo de la historia de la humanidad, y especialmente en la vida cristiana, sobre todo de las diversas formas de vida religiosa. Toda esta vivencia puede ser considerada como prehistoria de los ejercicios espirituales. Porque cuando hoy hablamos o utilizamos esta expresión, nos referimos típicamente a los ejercicios ignacianos, codificados por el santo de Loyola en su libro Ejercicios espirituales. Por muy diversos motivos, no difíciles de señalar, esos ejercicios continúan teniendo vigencia en la iglesia. Y no solamente en la vida religiosa. El Vaticano II los cita precisamente hablando de los laicos.

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La palabra encarnación es una expresión teológica que se deriva de Jn 1, 14: "Él, la palabra, que se ha hecho carne y ha acampado entre nosotros". En el lenguaje bíblico, carne equivale a nuestra moderna expresión de condición humana, o sea la naturaleza humana, pero con el subrayado de lo que ésta tiene de frágil e incluso de pecaminosa.

La encarnación procede de dos datos previos e irrenunciables: Jesús es un hombre completo y real, pero, al mismo tiempo, es Hijo de Dios en plenitud de divinidad. Para mantener esta paradoja, hay que evitar dos extremos: 1) afirmar demasiado su divinidad, a costa de rebajar su humanidad; o 2) subrayar demasiado su humanidad, de suerte que su divinidad no pase de una mera adopción divina.

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Epifanía o teofanía equivalía, en el mundo grecorromano del siglo IV, a la aparición o manifestación de la divinidad a sus devotos o a la realización beneficiosa de un portento. El aniversario de la aparición era como el día del nacimiento de la divinidad. También se aplicaba estos a los emperadores. Epifanía o parusía era la llegada del rey o del emperador.

La Epifanía cristiana aparece como fiesta en oriente (probablemente en Egipto) al mismo tiempo que surge la navidad en Roma. Tiene relación con una fiesta pagana que se celebraba el 6 de enero en Alejandría para conmemorar el aumento de la luz. En el siglo V, oriente y occidente intercambiaron sus celebraciones respectivas, y sus liturgias se enriquecieron con dos fiestas, en lugar de una: navidad y epifanía.

La epifanía se relaciona con tres manifestaciones de Jesús: adoración de los magos, bautismo del Señor y bodas de Caná.

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La palabra escatología solía traducirse por "doctrina de las cosas últimas", o "tratado sobre las postrimerías". Las postrimerías o novísimos aparecían, en realidad, como "un amontonamiento de cosas, que se hallan en alguna parte tras la cortina de la muerte y que pueden estudiarse de la misma manera que las cosas de la tierra". El tratado de novísimos se convertía así en una especie de geografía de las campiñas celestes, o de física de las postrimerías, o de reportaje anticipado o anticipador del destino final del hombre y del mundo.

Se distinguen dos clases de novísimos: los que afectaban a cada persona individualmente considerada (muerte, juicio particular, purgatorio, cielo e infierno) y los que afectaban a la humanidad en su conjunto y al mundo (parusía o retorno de Cristo, resurrección de los muertos, juicio final y fin del mundo), dando lugar a dos partes bien diferenciadas e independientes entre sí: la escatología individual y la escatología universal.

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Espíritu de Dios es una expresión que, en el AT, designa el poder activo de Dios, su principio vital: aparece en el relato de la creación, actuando sobre las aguas, de las cuales surge la vida, y mueve e inspira a los profetas y a los hombres escogidos del pueblo de Dios. Si no es muy analógicamente, sin embargo, no se puede encontrar en todo el AT una personificación de este Espíritu, y sólo en los evangelios es significada ésta inicialmente: el Espíritu se manifiesta desde el inicio de la vida pública de Jesús (Marcos), está presente ya en su concepción (Mateo y Lucas), y es presentado como paráclito o protector, que Cristo nos ha merecido por su pascua, que nos diviniza e inaugura los últimos tiempos (Juan). Porque es el enviado del Padre y del Hijo, sabemos que procede de Dios. La simbología con que es presentado quiere expresar su acción: la paloma (aparecida en el bautismo) significa la instauración del nuevo pueblo de Dios; el viento la fuerza, las lenguas de fuego la inspiración de los testimonios.
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Cuando hablamos de espiritualidad, podemos entenderla como vida y como ciencia. Entendida como ciencia, es el estudio ordenado de la vida espiritual. Como vida, irá apareciendo en lo que sigue.

La palabra actual espiritualidad, entendida como ciencia, ha tenido diversas denominaciones: teología mística (así varias veces en los clásicos); teología ascética y mística; teología de la perfección cristiana; vida interior...

Es difícil precisar las fronteras exactas que separan moral y espiritualidad, sobre todo desde que la moral superó el juridicismo de lo lícito e ilícito, dejando para la espiritualidad lo perfecto. Por eso, se ha dicho que la espiritualidad continúa siendo "una ciencia no identificada".

Hoy está suficientemente extendida la idea de que espiritualidad viene de Espíritu, con mayúscula. Un texto de espiritualidad puede ser titulado, correctamente: Caminos del Espíritu. Y puede escribirse que "la espiritualidad, en el sentido estricto y hondo del término, es el dominio del Espíritu". La espiritualidad cambia entonces de perspectiva de forma esencial.

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El estipendio es la limosna que los fieles entregan a los sacerdotes para que ofrezcan misas por sus intenciones particulares. Se trata de un uso aprobado por la iglesia, que tiene su origen en la costumbre antigua según la cual los participantes en la eucaristía aportaban los dones materiales necesarios para la celebración, especialmente el pan y el vino, o bien entregaban cantidades de dinero para el sustento del clero y la subvención de las necesidades de los pobres. Tales contribuciones materiales se convertían también en signo de la participación de los fieles en el sacrificio eucarístico y constituían un modo adecuado de practicar la comunión de los bienes, consecuencia y garantía de la comunión de almas y corazones.

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La ética cristiana está llamada a dar una respuesta a los interrogantes éticos desde la fe y desde la vida nueva en Cristo. Ser cristiano implica también una praxis y un estilo de vida. Su identidad no se agota en el creer y en el rezar. La fe y la vida nueva en Cristo se manifiestan en el comportamiento diario. Entonces, ¿cómo vivir en cada momento histórico para ser coherente con la propia identidad cristiana? ¿Es posible algo específicamente cristiano en las respuestas teóricas y prácticas, del creyente a los interrogantes éticos del hombre y de la sociedad?

La ética cristiana está llamada a responder a los interrogantes que acabamos de formular. Por eso, precisamente se le pide que, ante todo, tenga ella misma una idea clara de su misión, es decir, de lo que está llamada a aportar en el conjunto de las ciencias que se ocupan de lo moral. De aquí la importancia que tienen hoy en esta disciplina los temas relacionados con su identidad.

Con estos presupuestos, la ética cristiana está llamada y procurar a la reflexión ética y al comportamiento cristiano tres aportaciones fundamentales: 1) La cosmovisión que le viene de la fe; 2) El sentido y el significado ético de la realidad desde la esperanza y la caridad cristianas; 3) El compromiso cristiano desde los presupuestos anteriores.


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