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Glosario de encuentra.com

Fuente: "Diccionario abreviado de pastoral" (extractos), Casiano Floristán y Juan José Tamayo. Edit. Verbo Divino



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Se denomina primera comunión a la primera participación completa en la celebración eucarística por medio de la comunión sacramental con el cuerpo y la sangre de Cristo. En la celebración de la iniciación cristiana de adultos, la primera comunión tiene lugar inmediatamente después del bautismo y la confirmación, y así ocurre generalmente en oriente también el caso de la iniciación de párvulos. Es occidente, desde muy antiguo, el bautismo de los niños quedó desvinculado de la confirmación y de la primera admisión a la comunión eucarística, la cual se situó en edades muy diversas según las costumbres de cada lugar, pero con una tendencia a retrasarla hasta el comienzo de la adolescencia.

La legislación actual para la iglesia latina exige, para poder administrar la eucaristía a los niños, que éstos tengan un conocimiento suficiente y una adecuada preparación, de manera que entiendan el misterio de Cristo en la medida de su capacidad y puedan recibir el cuerpo del Señor con fe y devoción. Se acostumbra a interpretar que los niños que han llegado al llamado "uso de razón" o de la discreción (alrededor de los siete años), están capacitados para recibir la primera comunión. Sin embargo, en caso de peligro de muerte, se puede dar la comunión a niños más pequeños, a condición de que puedan distinguir entre el cuerpo de Cristo y el alimento común y recibir la comunión con reverencia.

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Procesión es la suplicación solemne hecha por el pueblo fiel bajo la dirección de los ministros, yendo en orden de un lugar sagrado a otro, y destinada a excitar la piedad o a recordar las bendiciones de Dios y darle gracias por ellas, o a implorar el auxilio divino. Hay procesiones de muchas clases: litúrgicas y no litúrgicas, festivas y penitenciales, conmemorativas de un misterio y simplemente funcionales. Las más importantes son la del domingo de Ramos en recuerdo de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén; la de la fiesta del Corpus, en que se honra públicamente a Cristo presente en la eucaristía; las de las rogativas; la de la fiesta de la presentación del Señor, llamada también Candelaria.

Las procesiones expresan un aspecto fundamental del pueblo cristiano: no es un pueblo "instalado" en un lugar, sino peregrinante, un pueblo en marcha. Las procesiones manifiestan todas estas realidades si son de verdad la marcha ordenada y piadosa de una comunidad y no únicamente una sucesión de individuos o un pretexto para el arte o el folklore.

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Todas las religiones del antiguo oriente atestiguan la presencia de unos predicadores de oficio, los cuales se suponen hablar en nombre de la divinidad. Tal es la misión de los profetas, que la tradición bíblica presenta como portavoces de Yahvé para transmitir sus designios al pueblo.

Los profetas eran carismáticos empedernidos que, aun sin despreciar el culto oficial tan mimado por los sacerdotes, clamaban sin tregua por una mayor fidelidad a los compromisos adquiridos con Yahvé, el cual reprobaba obviamente cuantos brotes de injusticia u opresión pudieran desorientar al pueblo.

Los profetas tuvieron el valor de afrontar sin remilgos las situaciones más conflictivas. Ello les granjeó el odio de los poderosos que a veces atentaron con éxito contra sus vidas. Sin embargo, la obra profética dio frutos sazonados, hasta el punto de que sin ella el pueblo no habría podido ser fiel a su compromiso religioso.

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El proselitismo ha sido calificado por el Consejo Mundial de las iglesias como "corrupción del testimonio cristiano". Aparece el proselitismo cuando se adultera la evangelización por la corrupción de los medios, bien por el uso de una presión indebida, bien porque no se respetan las exigencias de la libertad religiosa.

Algunos distinguen dos clases de proselitismo: el sustantivo, que procede de la corrupción del contenido y finalidad de la evangelización, y el modal, derivado de la corrupción de los medios. De ordinario surge el proselitismo por desvío de la misión evangelizadora de la iglesia, por una actitud escasamente ecuménica y por un atropello de la libertad religiosa. De ahí que el proselitismo sea acción antievangélica, antiecuménica e injusta.

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En la actualidad, protestantismo designa al conjunto de iglesias y sectas que provienen de la Reforma del siglo XVI. Forman un conjunto bastante heterogéneo y con grandes diferencias doctrinales, sacramentales y de estructura eclesiástica. Estas divergencias confesionales se expresan en la diversidad de asociaciones de iglesias y en la falta de comunión plena entre algunas de ellas que ni siquiera llegan a reconocer los ministerios de las otras. No hay una iglesia luterana, sino una Confederación mundial de iglesias luteranas, fundada en 1947, a la que no pertenecen todas ellas.

Junto con al luteranismo, las iglesias reformadas de proveniencia calvinista y las iglesias anglicanas constituyen las otras dos grandes ramas protestantes. El movimiento anglicano es el más cercano al católico, y uno de los grandes problemas que plantea es el del reconocimiento católico de las ordenaciones anglicanas. Por el contrario, las iglesias calvinistas son las que se han desarrollado de una forma más distante de la iglesia católica y las que revelan una mayor heterogeneidad doctrinal, sacramental y estructural, ocupando el luteranismo un puesto intermedio. Actualmente hay un proceso de diálogo y de aproximación interconfesional, tanto de las confesiones protestantes entre sí como respecto a las iglesias católica y ortodoxa. Ha habido acercamientos significativos en lo concerniente a la doctrina de la justificación, a la relación entre la Escritura y la tradición, y en algunos sacramentos como el bautismo y la eucaristía. Pero en los sacramentos y en la valoración de la ministerialidad de la iglesia subsisten graves divergencias, así como en lo referente a la función eclesial del Papa.

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El Concilio Vaticano II, una vez establecido el carácter mistérico de la iglesia en el capítulo primero de la constitución Lumen gentium, ha escogido el título de pueblo de Dios como el más apto para definir el misterio de la iglesia. Así culmina el desarrollo teológico, tanto protestante como católico, que desde la década de los años cuarenta se centra en este título como el que mejor expresa la índole de la iglesia. Es además un concepto eclesiológico con amplias resonancias bíblicas, apto para facilitar un consenso ecuménico.

En cuanto pueblo de Dios, la iglesia es fraternidad de iguales. Las diferencias jerárquicas y carismáticas no pueden marginar la dignidad común, el protagonismo de todos en virtud de la consagración bautismal, y el carácter comunitario que se contrapone a una masa amorfa y pasiva. En ella debe reinar la libertad de los que se saben hijos de Dios en el Hijo y no en el miedo de los siervos que no se atreven a exteriorizarse y a vivir en la autenticidad. En ella no son válidas las diferencias de clase social, de nacionalidad, de color de la piel o de sexo. Esto es un programa y un imperativo para la comunidad que debe reflexionar a la luz del Espíritu sobre cuanto hay en ella de mundano, de forman encubiertas de racismo o de clasismo, de machismo y de nacionalismos particularistas. Sólo así puede realizarse la iglesia como "el tercer pueblo" que proclamaban los padres de la iglesia antigua.

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Redención, del latín redimere, significa rescate de un esclavo para asegurarle la libertad. El uso bíblico de este término, destinado a designar la acción salvadora de Dios, lo ha convertido en la palabra por excelencia para expresar el sentido de la cruz de Cristo.

La noción rescate es hoy una noción polémica, ya que si nuestro mundo está lejos de haber abolido toda esclavitud, las nuevas servidumbres no se expresan o se combaten en las formas jurídicas greco-romanas.

A lo largo de la historia de la teología, asistimos a un intento de racionalizar la imagen de rescate, elaborando así una verdadera mitología. Dos respuestas dominan la tradición. La primera (la de la mayoría de los antiguos) considera que el rescate se tiene que pagar al diablo, que nos tiene cautivos; la otra a partir de san Anselmo, dice que se tiene que pagar a Dios. Las dos respuestas son una metáfora, en el sentido de que el diablo no podría tener ningún derecho, propiamente hablando, mientras que, por lo que toca a Dios, siendo él mismo el autor de nuestra redención, la idea de una deuda que se pagaría a él no es lógica.

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Con el término religión se hace una referencia genérica al problema de la relación entre hombre y trascendencia. Tal relación ha tenido una multiplicidad de manifestaciones históricas; a veces de tal disparidad que dificulta el llegar a una acepción común. Sin embargo a lo largo de la historia de la humanidad, hasta hoy, se ha dado un tipo de fenómenos sociales suficientemente característicos que llamamos religiones. No es fácil precisar su núcleo común; pero a pesar de ello, pueden establecerse límites: uno para separar religión de magia; otro para delimitar lo religioso frente a otros fenómenos culturales (moral, filosofía, arte) que tienen en común el preocuparse por el sentido de la existencia.
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El fenómeno de la religiosidad popular ha sido una constante en la historia de las religiones. El catolicismo no es una excepción: el catolicismo popular ha rodeado la vida del catolicismo institucionalizado como un horizonte envolvente. Sin embargo, ha estado ausente del campo de la reflexión teológica, pastoral e incluso sociológica. Como primera aproximación, se puede decir que la religiosidad popular no es sino una forma profundamente arraigada de cultura popular. Esta expresión podría designar: A) o bien la cultura de un pueblo en su totalidad; B) o bien la cultura de aquella parte de la población dotada de menores bienes, instrucción, poder, etc.
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El estado canónico religioso, específicamente distinto del laical y del clerical, aunque no afecta a la estructura jerárquica de la iglesia, pertenece, sin embargo a la vida y santidad de la misma. La vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos es una forma estable de vivir, en la cual los fieles, siguiendo más de cerca de Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios como a su amor supremo para que, entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, ala edificación de la Iglesia y la salvación del mundo, consigan la perfección de la caridad en el servicio del reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, preanuncien la gloria celestial.



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